CRÍMENES
DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN CANARIAS
(XXIX)
Chaurero
n Eguerew *
Las
sanciones se aplicarán a los representantes de la autoridad del Estado y a los
particulares que participen como autores o cómplices o que inciten directamente
a la perpetración de alguno de esos crímenes, o que conspiren para cometerlos,
cualquiera que sea su grado de desarrollo, así como a los representantes de la
autoridad del Estado que toleren su perpetración. Art. 1 de la Resolución de
la ONU sobre la no prescripción de
los crímenes de lesa humanidad[1].
La
Iglesia Católica y su implicación en la esclavitud del pueblo guanche (II)

Estos llenaban
satisfactoriamente su cometido de dar a conocer al canario la gloria de la vida
eterna ultraterrena, para consolarlo ante la miseria de su destino terreno y a
la vez justificar el dominio europeo, induciéndolos a una actitud pasiva y
resignada.
Pero es en la
actualidad, cuando el canario subordinado del imperio mercantil salvacionista
primero, y del capitalismo después, está de pie luchando por su dignidad,
elevando la figura de sus ancestros, desistiendo de vivir la historia de Europa
para reconstruir en forma continua la propia, luchando por demostrar que no
somos “una cultura débil que va extinguiéndose” sino que sigue existiendo
orgullosa y soberbia.
El
pirata y mercenario normando Jean de Bethencourt y su socio Gadifer de Lasalle
parten de
Invaden
y se apoderan de Titoreygatra (Lanzarote); edifican, un fuerte en Rubicón,
Bethencourt, por falta de recursos, vuelve a Castilla y a Francia con un
cargamento de esclavos guanches, a gestionar ayudas, dejando a su socio Gadifer
como encargado de continuar el saqueo de la
isla y a su sobrino Berthin de Berneval como comandante del fuerte. En ausencia
de Bethencourt, Berthin de Berneval se rebela contra Gadifer; y, uno y otro,
hacen asaltos y esclavizaciones en las islas.
La
temprana invasión y conquista de la isla de Eseró (El Hierro), llevada a cabo
por los piratas Jean de Bethencourt y Gadifer de
El 28 de noviembre de
1403, Según una bula del papa católico Clemente VI, la titularidad de la
invasión y conquista de las Islas Las Canarias, pertenece a los reyes de
Castilla.
El pirata normando Jean
de Bethencourt gestiona en 1403 ante Enrique III su supuesto señorío de
Canarias y obtiene una Real Cédula, confirmándole como señor feudal de
Canarias y vasallo del rey castellano. El pirata pide ayuda; y “recurre al
Papa Benedicto XIII, en Avignon, para pedirle también ayuda material y
espiritual: indulgencias y privilegios de cruzada y la creación de un obispado
en el fuerte de Rubicón.” (Las Casas)
En esas mismas fechas
Gadifer de
Jean
de Bethencourt, vuelto a las islas el 27 de febrero de 1404, (con un grupo de
colonos franceses, entre ellos un gran contingente de mujeres francesas
prostitutas -las cuales posteriormente serían
horripilantemente violadas por los mercenarios) logra poner paces entre
los suyos y somete a los maxos que
se habían rebelado.
En
19 de abril de 1404 el pirata Gadifer
de
El
Papa Benedicto XIII, en Avignon, el 7 de julio de 1404 concede a Bethencourt las
indulgencias y privilegios de cruzada y erige el obispado de la secta católica
de Rubicón (Róbigo) en la isla de Titoreygatra; y por la bula Apostolatus
officium del 7 de julio de 1404, nombra a Fray Alfonso de Sanlúcar de
Barrameda, O.F.M., obispo de esa diócesis. (Las Casas)
BULA
del Papa de la secta católica Benedicto XII (Pedro de Luna) erigiendo en ciudad
el villorrio del castillo de Rubicón, su ermita en Catedral y el Archipiélago
Canario en obispado, sufragáneo de Sevilla.
“Benedicto,
Obispo, Siervo de los Siervos de Dios, para perpetua memoria. El Romano Pontífice,
sucesor de San Pedro, Clavero Celestial y vicario de Jesucristo, indaga con
paternal atención y examina con diligencia todos los climas de este mundo y las
calidades de las naciones que lo habitan, solicitando, en desempeño de su
obligación, la salud de todas; así fundado en aquella suprema autoridad y
persuadido de causas racionales, ordena saludablemente y dispone con madura
deliberación cuanto juzga debe ser grato en la presencia de
Igualmente
sabemos que, en el castillo de Rubicón, de la misma isla, se ha edificado una
iglesia bajo la advocación de San Marcial; y Nos, que aunque indignos, hemos
sucedido a San Pedro y hacemos las veces de Cristo sobre la tierra, deseando
tener solícito cuidado de todas las almas y que el Mundo dividido en Cismas
vuelva a la unidad de la fe ortodoxa, para que haya un solo rebaño bajo un solo
Pastor; y queriendo distinguir aquel castillo y aquella iglesia con algún favor
apostólico, después de una madura deliberación con nuestros hermanos, por
consejo de ellos y de la plenitud de nuestra autoridad Apostólica, para loor
del nombre de Dios, gloria y exaltación de su Santa Iglesia, dilatación de
Además
de esto, establecemos y mandamos que la referida iglesia Rubicense esté sujeta,
como sufragánea, a nuestro venerable hermano el Arzobispo y a
Dada
en Marsella, en San Víctor, a 7 de julio del año décimo de nuestro
Pontificado, que es el de
El
pirata Jean de Bethencourt y sus mercenarios dan por finalizada la invasión de
Erbania (Fuerteventura) en 1405. Se crea el asentamiento europeo de Betancuria,
lugar escondido en un valle para prevenir los ataques de otros piratas y
razzias, fue escogida para capital y desde ella se gobierna la isla y se inicia
una nueva etapa de sometimiento y esclavitud, en un régimen feudal. El 31 de
enero deja de lugarteniente suyo a Juan de Courtois y se va a Francia, de donde
vuelve el 9 de mayo con más soldados y colonos; y entre sus acompañantes se
halla su sobrino Maciot (Menaute) de Bethencourt. El 6 de octubre intenta
conquistar Tamarant (Gran Canaria) y posteriormente Benahuare (
Nombra
lugarteniente suyo a su sobrino Maciot y el 15 de diciembre de 1406 parte para
Castilla con su capellán Juan Leverrier y algunos otros, además de un
contingente de esclavos canarios. Al llegar a Toledo, a fines del año, se
encuentra con que había muerto el rey Enrique III (el 25 de diciembre). En
Segovia hizo pleito homenaje en 1407 al nuevo rey de Castilla Juan II (Hist.J
I, 17; BAE, XCV, 66b. Cf. I, 18; BAE, XCV, 72b). Juan Leverrier, capellán de
Bethencourt, en su Relación de lo sucedido a éste, dice “que, al llegar a
Segovia (no a Valladolid), pidió a Enrique III cartas de recomendación para el
Papa Inocencio VII, en Roma, al que pidió la creación de un obispado en
Canarias; y el Papa nombró obispo a Fray Alberto de las Casas, de la secta católica
franciscana (O.F.M).” (Las Casas)
Maciot
de Bethencourt, lugarteniente de su tío Juan, “rey de Canarias”, ataca a
La
inmoralidad propia de aquellos europeos piratas invasores, quedó patente en una
series de tropelías desarrolladas contra los guanches y entre ellos mismos, no
sólo se robaron entre sí, sino que acabaron ultrajando y violando a las
mujeres francesas (la mayoría prostitutas) que Bethencourt había traído para
colonizar las islas sometidas con aportes humanos europeos. De los centenares de
guanches esclavizados y vendidos en Europa, los capellanes de la expedición,
Juan Leverrier, y Boutier, en su crónica de la invasión Le
Canarien, no dedican una sola línea de censura a tan abominable comercio,
por el contrario en algunos pasajes justifican esta práctica.
Todo ello quedó
plasmado en la acertada descripción que de los invasores nos han trasmitido los
maxos: "¿Que gente es la de Europa? ¿Que Fe, que Religión puede ser
la suya, si al mismo tiempo que nos hacen muchos elogios de su santidad, son
traydores para con nosotros y freudulentos entre si mismos? Ellos nos aseguran,
que tenemos un alma inmortal, y que procedemos todos de un mismo padre; pero al
mismo tiempo nos desprecian, como si fuesemos criaturas mas viles; nos venden
por esclavos; nos tratan de barbaros y de infieles; sin tener presente cuanto
les hemos honrado nosotros, y que no hemos faltado a ningún pacto, ni
desmentido en nada nuestro candor"
Después
de una serie de historias coloniales rocambolescas, el 28 de septiembre de 1454
se otorga el señorío de las islas ocupadas a
los colonos castellanos Diego de Herrera y Inés Peraza, quienes
consiguen asentarse en las islas Titoreygatra (Lanzarote) Erbania
(Fuerteventura) y Esero (Hierro). Posteriormente, mediante un pacto que hoy
llamaríamos de comercio y cooperación (pacto de colactación), consiguieron
construir una torre en la isla Gomera, base del posterior dominio político y
territorial de la misma.[3]
Hechos que supongo son sobradamente conocidos por el posible lector, por
ello vamos a centrarnos en los aspectos religiosos de la invasión y colonización
de las islas que aún no habían sido sometidas.
LA EVANGELIZACIÓN DE LOS GUANCHES
Ya hemos visto más
anteriormente como varias expediciones de los reinos ibéricos intentaron
penetrar en la isla Chinech, siendo rechazados por nuestros ancestros guanches,
pero ya sabemos de la tenacidad de la secta católica cuando de ganar o someter
siervos se trata, por ello no cejaron en su empeño y usando como base las islas
ya ocupadas arremetieron con más audacia y digamos de manera reglada en su
intento de penetración en la isla, la que en algunos casos se le dio la
consideración de cruzada. Para seguir la secuencia de la colonización
espiritual nos vamos a apoyar en el investigador Antonio Rumeu de Armas,
profundo conocedor de las cuestiones eclesiásticas católicas.
“En cuanto al núcleo misional de Tenerife,
radicado asimismo en el sur de la isla, y más
concretamente en Candelaria (menceyato de Güímar), contó desde un principio con poderosos valedores que
contribuyeron a dar al mismo inusitado auge.
El ministro general de
El segundo protector del
eremitorio de Tenerife fue el obispo de Rubicón don Diego López de Illescas.
Este patrocinio se extendió a
fray Alfonso de Bolaños, como cabeza visible del núcleo nivariense. Dicho prelado se erigió en defensor del misionero
contra las tropelías del vicario de Canarias, fray Rodrigo de Utrera, acudiendo
con sus quejas, en 1461, ante la propia
corte pontificia. Conocemos estos incidentes
por la bula Decet apastolicam sedem (19 de enero de 1462) del papa Pío II.” (Rumeu de Armas, 1975: 29)
A esta etapa de la acción
misional aluden con reiteración los testigos de la famosa Información de Cabitos (1477). El propio
“señor” de las Canarias, el colono Diego García de Herrera, confiesa, por
la pluma de su procurador,
lo que sigue: “el obispo de las dichas islas ha estado en las dichas islas e sus clérigos; e en
la dicha isla de Tenerife han entrado asaz veces frayles, e tienen su iglesia
e hay en ella asaz gente bautizada”.
Los fedatarios menores se
expresan más vagamente y con moderado optimismo. Juan Iñiguez de Atabe confirma que
“Diego de Ferrera... fizo en Tenerife... una iglesia...”.
Diego Martínez, Antón de
Olmedo, Gonzalo Rodríguez y Martín
de
Gonzalo Rodríguez alude a
algún momento de tirantez entre misioneros y guanches. Oigámosle: “e que después se
salieron dende [los frailes] sin les facer por qué; e que oyó dezir que algunos dellos habían baptizado,
pero que non viven como
christianos...”. Martín de
“Aquel óptimo panorama
hizo meditar a los pontífices sobre la conveniencia de afianzar con apoyos más sólidos
la acción misional. Para que los recursos económicos no faltasen, Pío II, por la bula Pastor bonus
(7 de octubre de 1462), concedió una amplia indulgencia en
beneficio de los cooperadores en las obras misionales y de cuantos contribuyesen con sus limosnas o decisiones a redimir
cautivos, o con su ayuda a reprimir la piratería y la esclavitud de los indígenas.
El papa ratifica por medio de esta bula los privilegios concedidos por sus
predecesores y fulmina de nuevo la excomunión contra los piratas que salteasen y
vendiesen a los naturales si no les restituían inmediatamente la libertad.
Pío II da un
paso más en favor de la libertad de los infieles y garantiza los pactos y confederaciones
que los obispos concertasen con los naturales todavía sin convertir. Estos bandos o
reinos, llamados de paces, disfrutarían también de plena libertad,
bajo pena de excomunión para los que atentasen contra la misma.
Es curioso señalar cómo
el papado reacciona ahora frente a la tradicional cruzada, es decir, la guerra santa
indulgenciada, para abogar con auténtico entusiasmo por la acción misional
indulgenciada”. (Rumeu de Armas,
1975: 30)
La bula Pastorís aeterni merece en otros
aspectos particular comentario. En primer lugar,
beneficiaba a la misión con una amplísima indulgencia, a la que haremos inmediata alusión. En segundo término,
la colocaba bajo la protección
directa de la santa sede y la jurisdicción inmediata del ministro
general de los franciscanos.
En cuanto al régimen interno de la misión, Sixto IV
establecía que a la muerte
de Bolaños sus compañeros eligiesen al nuncio y comisario sucesor; al mismo tiempo autorizaba al nuncio para
reclutar los misioneros, así entre observantes
como entre conventuales, sin que los superiores respectivos pudiesen poner obstáculos a su labor.
Por último, Sixto IV comisiona
al arzobispo de Lisboa, Jorge da Costa; a los obispos de Cádiz y Huelva, Pedro Fernández de Solís y Juan de
Meló, respectivamente, y al prior de Guadalupe, fray
Juan de Guadalupe, para que velasen por el
exacto cumplimiento de todas estas disposiciones.
Las
facultades concedidas a fray Alfonso de Bolaños eran de tal importancia,
que el papa no quiso tuviesen efecto sin que antes fuesen examinadas
por el vicecancelario de la Iglesia Romana, el cardenal Rodrigo de Borja,
que se encontraba en España en calidad de legado pontificio. El portador
del diploma papal fue el mismo Bolaños, quien en presencia del obispo
de Tarazona, Pedro Ferraz, hizo juramento solemne de entregarlo a
su destinatario. Así lo llevó a cabo, en efecto, obteniendo el cardenal Borja
asentimiento pleno para la obra emprendida.
Concretándonos
a los medios económicos con que apoyar la labor de los misioneros, Sixto IV predicó una
bula de indulgencia en beneficio de los cooperadores
de la misión, reproduciendo las gracias espirituales otorgadas por su predecesor, Pío II.
La única diferencia estriba en que mientras la primera bula —
La evangelización –o
mejor,
Evangelización y
colonización se dieron conjuntamente ya que los monarcas de la metrópoli eran
patrones de la iglesia católica en las Islas de “realengo”.
(Patronato regio). Como hemos visto los misioneros estuvieron presentes desde el
primer momento, y su labor se
iniciaba antes de estar sometido el territorio. El esfuerzo dedicado a la
evangelización se debió a varias razones:
Odiaban la religión
autóctona, que era politeísta y animista. La religión guanche era más
sofisticada que la cristiana, tenía calendarios rituales basados en un profundo
conocimiento de los astros, celebraban ceremonias complejas y contaban con
sacerdotes o kankus femeninos y masculinos.
No
solo regularon y sincretizaron la religión guanche sino también las formas de
vida y cultura, introduciendo conocimientos foráneos. Sin embargo los guanches
volvíamos frecuentemente a nuestras ancestrales creencias, por lo que los
misioneros aprendieron nuestra lengua y estudiaron nuestras costumbres para
extirparlas.
El
resultado fue el sincretismo religioso, ya que los guanches que
practicado el politeísmo añadieron al dios cristiano y algunos de sus
santos en su panteón. Con los años,
La
idea central de estos emprendimientos, era una educación cultural integral del
guanche para “integrarlo” al estatus de “cristiano”, o sea, de un ser
“civilizado” y redimible; una conversión total para transformarlo en un ser
útil a la sociedad colonial.
Y básicamente este
concepto de utilidad giraba en torno a la capacidad de trabajo que podían
generar estas poblaciones. De cierto modo, para lograr estas metas
transformadoras, tanto los mercenarios españoles como los
misioneros católicos, debían elaborar una estrategia que abarcara todos
los espacios de expresión socio-cultural guanche; en síntesis, debían
colonizar el espacio, los cuerpos, y la palabra para encauzarlos en el correcto
orden del mundo de la visión europea y mercantilista de las cosas.
El Pontificado de Roma desarrolla una geopolítica
expansiva, como toda organización imperialista; su mito legitimante, hasta en
la actualidad, es “cristianizar” por cualquier medio a las neuronas y a las
prácticas sociales de todo pueblo.
África, hasta los indígenas son dos
formaciones simbólicas o símbolos que se los puede encontrar en millones de páginas
de la literatura respecto de las relaciones reales y ficticias entre las
potencias imperiales y coloniales europeas y el resto del mundo.
El espacio territorial invadido pasa a ser
considerado propiedad de la reina de Castilla y del Pontificado de Roma. El
colono es un capitán, un fraile o un soldado invasor. Los habitantes guanches
son obligados por las fuerzas de las armas a pagar tributos al funcionario de la
metrópoli, a los frailes “evangelizadores”, a la reina de Castilla.
Además, los habitantes guanches están
obligados a alimentar y servir al colono a sus secuaces, y, a los frailes; también
están obligados a realizar trabajos forzados en forma esclavizada,
contribuyendo con el alimento y la vestimenta. Las mujeres guanches están
obligadas a servir y aceptar sin ofrecer resistencia el servicio sexual a los
cristianos españoles: el derecho de pernada cristiano es usufructuado por
frailes y laicos.
Como queda dicho, la
iglesia católica fue la encargada de transmitir la cultura castellana y doble
moral cristiana al pueblo guanche.
Las comunidades
religiosas enseñaron el idioma y costumbres castellanos y lentamente unificaron
una gran parte de la población guanche bajo el castellano, lengua oficial del
imperio castellano-aragonés y la fe católica.
La evangelización fue
realizada en un comienzo por los Franciscanos, los Agustinos y los Dominicos. La
enseñanza cristiana la difundió a fuego y espada y tiene sobre su conciencia
la masacre y venta como esclavos de los antiguos canarios y el saqueo de los
medios de producción del archipiélago.
De
los profundos sentimientos cristianos y reverente respeto que animaban los espíritus
de los clérigos y de la mayoría de los seglares de la secta católica que habían
sometido a nuestros ancestros en nombre de Cristo, nos puede ilustrar esta
denuncia tramitada por el “santo” oficio de
“También
fue denunciado por el bachiller Valdés un hecho que tuvo lugar en las playas de
Santa Cruz, en Tenerife, donde sólo se veían entonces chozas de pescadores y
algunas casas para albergar bañistas. El denunciante se expresaba de este modo:
“Que vido en el mes de septiembre que pasó, há un año (1504), que en la
villa de santa Cruz, que es en la isla de Tenerife, que estando mal Martín Fernández,
almojarife, en casa de Juan Donate, y la causa era que aquel día después de
comer se halló mal, que se había ido a bañar a la mar éste y Alonso de
Samarinas e Diego de Troya e Francisco de Millares, canónigos desta Iglesia e
un Francisco Jiménez, vecino de Tenerife, e un hijo de Juan Cota, vecino de la
villa de Moguer, y que al dicho Martín Fernández le hizo mucho mal la mar e
que se vino a echar a casa del dicho Juan Donate, e des que lo supieran los
sobredichos canónigos e seglares, se vinieron en procesión el dicho Samarinas
con una pleita de esparto por estola, que el dicho Diego de Troya le puso, e que
el Francisco de Millares e Diego de Troya y Pedro de Hontiveros, y éste, hijo
de Juan Cota, venían delante del dicho Samarinas con cardones alzados en las
manos, como que traían hachas, y que el Francisco Jiménez venía como
pertiguero rigiendo la procesión, y que el dicho Juan Donate dijo a este
testigo: “Vamos a ver qué cosa es esto”, pareciéndole mal; y este testigo
y el dicho Juan Donate fueron lejos dellos por donde iban, e que los vieron
entrar en la casa de dicho Juan Donate, y que llevaron consigo un asno para que
fuese notario del testamento que había de hacer este dicho Martín Fernández y
que cree este testigo que estaban todos borrachos”.
Esta
aventura nos suministra datos para juzgar del estado de cultura de aquella
sociedad colonial entre las personas que habían de ser más ilustradas. No
aparece que fuesen castigados los autores de tan sacrílega burla; pero, en
cambio, encontramos condenados a graves penas al tintorero Juan Fernández por
asegurar que cada uno puede salvarse en su ley, y a su mujer, Isabel Méndez,
porque se le acusaba de haber vuelto la cabeza cuando pasaba la procesión del
Corpus.
En la actualidad no
dejan de aumentar las circunstancias en las que cada uno no es dueño de sí
mismo: habrán desaparecido las posesiones diabólicas, pero no nos hemos
liberado de los malos espíritus, ni menos del mal espíritu de Guayota. Ha
desaparecido la esclavitud física, pero hemos caído en la alienación de los
medios de comunicación social colonial y asfixiante,
de enseñanzas etnocentristas europeas, de drogadicciones esclavizadoras, de
tremendas presiones insensibilizadoras que han convertido nuestra sociedad en
alienada mental y psicológicamente.
Para que un hombre, o
un grupo o clase, esté alienado es preciso que ciertas fuerzas le precipiten a
ese estado, fuera de su naturaleza y de sus intereses, hacia objetivos que no
son los suyos, pero que él cree que los son. La alienación religiosa:
Resignación, justificación capitalista; la dominación religiosa y consagración
a un dogma[4],
y según su teoría frustra el desarrollo de la individualización de la
conciencia humana, y que, psicológicamente, induce a un estado mental
caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad.
Febrero
de 2011.
crímeneslesahumanidad
(XXVIII)
---»Continuará…
[1]Véase el artículo de Guayre Adarguma Anez’ Ran n Yghasen Diosa Chaxiraxi Versus Virgen de Candelaria: Historia de una usurpación. En: www.elguanche.net
[2]Los
primeros obispos fueron: Alberto de Las Casas, Fray Mendo de Viedma a quien
sucede después de este Fernando
Calvetos, Clérigo Secular. En 1485 se ordena el traslado de