Los
mártires de Tazacorte
Guayre Adarguma
1570
Julio. Entre los más
atrevidos Corsarios franceses se encontraba Jacques de Soria. Este pirata se
dejaba caer por aguas del Archipiélago con 5 naves, esperando coger alguna
valiosa presa.
El 15 de ese mes topa con una nave Portuguesa, el Galeón Santiago, que tras haber hecho escala en Madeira y Benahurae (
Tras este acto de barbarie, falto de víveres y agua, se dirige con su flotilla
a
1570 Julio
15. El corsario francés Jacques de Sores, teniente de Pie de Palo que dirigió el desembarco y
saqueo de 1553 y que el año anterior se vio elevado al mando supremo de la
flota protestante, se dirigió con ésta hacia las islas del Océano, llevando
como inmediatos subordinados a los capitanes Jean Boucard
y Jean de Capdeville, el 15 de Julio de ese año
conociendo la ruta de la nave Santiago,
donde iban el jesuita Ignacio de Azevedo con 44 misioneros hacia Brasil, cerca
de la punta de Fuencaliente frente a Boca Fornalla, le cortó el paso con su
navío de guerra Le Prince, situándose
en posición de combate y disparando su artillería para intimar la rendición.
El capitán del Santiago
demandó de Azevedo autorización, dada su escasez de hombres útiles, para armar
a los novicios, mas el provincial se negó a ello, exhortando a cada cual a
cumplir con su propia misión, y ordenando a los novicios, con el maestro Bento
de Castro, descendiesen a sus camarotes para orar, y cuando él regresó a
cubierta para auxiliar espiritual y materialmente a combatientes y heridos, ya
se había iniciado la lucha.
Los hugonotes intentaron por tres veces el abordaje,
mas fracasaron en su intento ante la enérgica resistencia de la tripulación
lusitana, y concentrada toda la flota, pudo dar la orden de abordaje y asalto
general cayendo los cinco navíos franceses sobre su presa en grupos de 40
hombres por babor y estribor, adquiriendo la lucha un hondo dramatismo y en
medio del fragor de la pelea se distinguía la voz de Azevedo animando a sus
compatriotas a morir por la fe, en lucha contra sus más declarados enemigos,
hasta que atravesado su cuerpo de tres lanzadas, cayó exánime en los brazos de
su compañero Diego de Andrade, escena que ha inmortalizado un famoso pintor
francés, Jacques Courtois el Borgoñón, con sus
pinceles; los supervivientes de la tripulación y pasajeros, unos 28, se rendían
a discreción. El maestro de novicios, Bento de Castro, fue acribillado a
arcabuzazos, desfalleciendo en el sollado mientras sus labios proclamaban a
gritos su calidad de hijo de la Iglesia romana; Manuel Álvarez que tuvo la
noble osadía de hacer ver a los franceses su ceguera, fue apuñalado; el padre
Diego de Andrade, que cumplía misión espiritual de confesar a sus compañeros,
irritó de tal manera a los luteranos, que se abalanzaron sobre él apuñalándole,
e igual fin tuvieron Braz Riveiro
y Pedro Frontero. Los corsarios lanzaban por la borda a los heridos y cada ola
de sangre parecía renovaba el fervor y la fe de los supervivientes, que en
constante emulación alcanzaban la palma del martirio; dos padres, Gregorio
Escribano y Alvaro Mendes, que yacían enfermos
postrados en el lecho, tuvieron fuerzas para subir descalzos y semidesnudos al
sollado desde donde los lanzaron al agua.
Detenidos y apresados los demás padres y novicios,
quisieron los corsarios que antes de su muerte les rindiesen alguna utilidad,
obligándoles a trabajar en las bombas, con las que se proponían salvar de un
seguro naufragio al galeón Santiago,
mientras ellos recorrían los aposentos registrando sus cofres y talegos para
profanar reliquias e imágenes, haciendo escarnio de sus ornamentos y objetos de
devoción. Consultado el corsario con sus esbirros sobre la suerte que les
preparaba, ordenó una matanza general al grito de ¡Mueran! ¡Mueran los papistas
que van a sembrar fa falsa doctrina en el Brasil!
Sus feroces verdugos -dice Rumeu
de Armas- cayeron entonces sobre la humilde hueste y sin perdonarles
humillaciones de todo género, fueron sucumbiendo, unos a puñaladas, y otros a
tiros en confuso montón de ancianos, jóvenes y casi niños sacerdotes y novi-cios, muertos y heridos. Es
de mencionar la actuación de Simao de Acosta, joven
de 18 años que no vistiendo todavía los hábitos y sintiendo Sores
conmiseración hacia su persona, se declaró a gritos hijo de San Ignacio para
alcanzar la palma del martirio. Así terminaron sus días coronados por el
martirio aquella primera legión misionera de hijos de San Ignacio a los que la
Iglesia conoce con el nombre de los Mártires del Brasil, aunque más apropiado
sería llamarlos de Canarias o de Tazacorte, en cuyas
aguas sucumbieron.
Estos habían salido en la flota que se dirigía al
Brasil el 7 de Junio de 1570, compuesta de siete galeones, en la que se dirigía
a la colonia el nuevo gobernador Luís de Vasconcelos de Menezes, Cotnendador de Villada en la Orden de Cristo, los jesuitas
se distribuyeron en tres de ellos, al Padre Azevedo con 44 misioneros en el
galeón Santiago, el Padre Dias con otros 20 en el navío almirante de la escuadra, y
el Padre Francisco de Castro con los restantes en el Os Orfaos. Llegaron a la isla de La Madera el 14 de Junio y el Santiago alzó velas en el puerto de
Funchal el 7 de Julio, que tenía que dirigirse a Santa Cruz de la Palma a
descargar mercancías, pero una borrasca le obligó a arribar al puerto de Tazacorte donde permaneció varios días, celebrando el 13
misa el padre Azevedo en la ermita de San Miguel de Tazacorte,
y cuenta la tradición que en el momento de sumir la sangre en el cáliz, vio la
corona del martirio pendiente de su cabeza por revelación divina; en el cáliz,
que aún se conserva, es fácil distinguir la huella de sus dientes grabados por
obra milagrosa como reflejo de la impresión y arrobamiento por el futuro mártir
recibida. Estuvo este cáliz en Tazacorte durante 175
años, desde
La relación de estos asesinados es como sigue:
Padre Ignacio de Azevedo, de Oporto (provincial de Brazil)
Maestro de Novicios Bento de Castro
Padre Diego de Andrade
Manuel Alvarez
Braz Ribeiro,
natural de Braga
Amaro Vas
Gregorio Escribano, español
Alvaro Mendes
Simao de Acosta
Francisco Alvaro Covillo
Domingo Hernandes
Alfonso Baena, natural de Castilla
Gonsalo Henriques, diácono
Joao Fernandes, de
Lisboa
Joao Fernandes, de
Braga
Juan Mayorga, aragonés
Alejo Delgado
Luis Correa
Manuel Rodrigues
Simao Lopes
Pedro Nunes, Muños o Frontera
Francisco Magallanes
Nicolá Dinys, de Braganza
Gaspar Alvares
Antonio Hernandes,
de Montemayor
Manuel Pacheco
Pedro Fontaura
André Gonsales, natural de Viana
Diego Peres
Juan Baeza, español
Marcos Calseira
Antonio Correa
Manuel Hernandes, de Oporto
Hernando Sánchez, español
Francisco Pérez Godoy, español (de Torrijos en Toledo)
Juan de San Martín, de ll1escas
Juan de Zafra, español de Toledo
Alonso Lopez, español.
Esteban Zudaire, español de
Vizcaya.-
Este último, antes de abandonar Plasencia donde vivía,
dijo al
Padre José Acosta, su confesor, que partía alegre y
contento por tener la certeza de que alcanzaría el martirio. (En: José María
Pinto y de la Rosa. 1996)
Más información: Efemérides de la
Nación Canaria: Periodo colonial 1501-1600 (XVIII)-(X)
Adenda
de El Guanche:
Extracto de Reseña Bibliógrafica de "Los Martires
e Tazacorte" (Padre Ignacio Azevedo y
compañeros), preparada por el Padre Julián Escribano Garrido, S. J. y editada
por la Parroquia de San Miguel Arcángel de Tazacorte.
LA PALMA, AÑO 1992.
(...) Conocidas las necesidades espirituales de aquella dilatadísima región,
San Francisco de Borja nombró al P. Azevedo provincial del Brasil, y le
autorizó para reclutar en Portugal un gran grupo de misioneros y llevar,
además, consigo a cinco sujetos de cada una de las Provincias de España por
donde pasase camino de Portugal.
El Padre General quiso que el P. Ignacio se presentase por última vez al Papa e
implorase su bendición para aquella floreciente misión. El Padre Azevedo
solicitó del Papa una gracia muy singular: llevar consigo, como amparo y
esfuerzo, una copia de la imagen de Nuestra Señora, que la tradición atribuía a
San Lucas y se venera en Santa María la Mayor. Y aunque no se recordaba que se
hubiese concedido semejante favor, el Santo Padre no supo negarlo al santo
misionero. Se sacaron, pues, dos copias, una de regular tamaño para la Misión y
otra pequeña para el P. Ignacio.
De regreso a España, en Zaragoza, le dieron por compañero al Herma¬no Coadjutor Juan de Mayorga, navarro, de treinta y
ocho años de edad, hábil pintor, para que con su diestro pincel adornara con
sagradas imágenes los nuevos templos de las reducciones.
En el noviciado de Medina del Campo se le agregó, entre otros novicios, el
Hermano Francisco Pérez Godoy, pariente cercano de Santa Teresa de Jesús.
También se le agregaron jóvenes jesuitas del Colegio de Plasencia.
La mayor parte la reclutó en Portugal hasta cumplir el número de setenta
voluntarios. Unos meses antes de embarcarse, se retiró el P. Ignacio Azevedo
con sus compañeros a una finca propiedad del Colegio de San Anto¬nio,
llamada Valle de Rosal, distante una legua del puerto de Cacilhas,
entre Azeitao y Caparica,
muy a propósito para los Ejercicios Espirituales. Allí se dedicaron muy
particularmente a la oración, a los ejercicios de caridad y estudio, durante
unos cinco meses.
El P. Azevedo había tratado con el armador de un barco mercante, llamado
"Santiago", y había aceptado poner a su disposición una parte del
navío para transportar a los misioneros. Como todos no cabían en él, aceptó el
ofrecimiento de don Luis de Vasconcellos, nuevo gobernador del Brasil, que
llevaría en su flota al resto de los jesuitas. El "Santiago" iría
escoltado por seis barcos de guerra.
Así, pues, en el "Santiago" se acomodaron el P. Ignacio con cuarenta
y cuatro misioneros; el P. Díaz, con otros veinte, en el navío almirante de la
escuadra; y el P. Francisco Castro, con los restantes, en el navío "Os
Orfaos".
Zarparon de Lisboa el 5 de junio de 1570. Ocho días después arribaron a la Isla
de Madeira los siete barcos.
A primeros de junio de 1570 salía el jefe religioso Jacques de Sorés con sus navíos de la Rochela, por entonces,
importante baluarte de los hugonotes, enemigos jurados de los jesuitas. Esta
flota de Sorés pasa husmeando las costas españolas y
portuguesas a la búsqueda de alguna importante presa. Al no dar con ella pone
rumbo a la isla de Madeira. Intenta acercarse al puerto de Funchal, estando
todavía en él la flota de don Luís Vasconcellos, quien trata de defenderse con
la artillería de sus barcos y la de la fortaleza de San Loren¬zo,
que domina ampliamente el puerto. El pirata desiste de su empeño y procura
alejarse de la costa. Este hecho inesperado retrasó la salida de la flota de
Vasconcellos.
Como el tiempo apremiaba, los comerciantes de Oporto que iban en la nave
"Santiago", contrariados por la demora, consiguieron del gobernador,
a fuerza de ruegos, navegar a la isla de La Palma para desocupar buena parte de
sus mercancías y tomar otras, ofreciendo regresar a tiempo para reintegrarse al
grueso de la flota. Así se determinó la partida para el 30 de junio.
Antes de hacerse a la mar, el P. Azevedo invitó a confesar a todos los marineros
de la nave "Santiago" y les dio la Comunión, en la fiesta de San
Pedro. Convocando también a todos sus compañeros, los exhortó a que se
dispusiesen para sacrificar sus vidas en defensa de la fe, si Dios se lo pedía;
pero si alguno no se consideraba con ánimos podía quedarse tranquilamente en
Madeira. Cuatro novicios, en efecto, desistieron de aquel viaje, con lo que
marcharon el Padre Ignacio Azevedo y treinta y nueve compañeros.
El día 7 de Julio de 1570 salía del puerto de Funchal el galeón "Santiago"
aprovechando la desaparición del pirata francés.
El viaje transcurrió felizmente; el mar estaba en calma hasta que, cuando ya se
encontraban en las proximidades de La Palma, a una dos leguas y media de la
ciudad, un fuerte viento, los lanzó lejos de la costa y les obligó a dar un
rodeo a la isla hasta que encontraron refugio en el puerto de Tazacorte, en el poniente de la isla.
Los habitantes de Tazacorte les recibieron con
generosa hospitalidad y les ofrecieron frutos de la tierra para reponer sus
fuerzas.
Cuando bajaron a tierra el P. Ignacio y parte de la tripulación para saludar
personalmente a tan amables personas, el P. Ignacio se encontró con la grata
sorpresa de que el dueño de aquella hacienda era don Melchor de Monteverde y Pruss. Los dos habían sido grandes amigos en Oporto, donde
realizaron sus estudios, y también existió la más entrañable amistad entre sus
padres. D. Melchor le invitó a hospedarse en su casa y, como recuerdo de
aquella presencia amistosa y feliz, ha quedado la "reliquia" conocida
hasta hoy como «casa de los mártires».
Durante los cinco días que permanecieron el P. Ignacio Azevedo y sus compañeros
en Tazacorte, visitaron las iglesias y ermitas del
contorno como la iglesia de San Miguel y la ermita de Las Angustias. La belleza
paisajística del Valle de Aridane, lleno de
impresionante majestad, invitaba a la oración.
En sus conversaciones, don Melchor Monteverde aconsejó al Padre Ignacio
regresar por tierra a Santa Cruz de La Palma para tomar allí el barco.
El 13 de julio el P. Ignacio Azevedo celebró su última Misa en tierra, según
algunos autores, en la iglesia de San Miguel de Tazacorte.
Después de la celebración de la eucaristía contaron testigos presenciales que,
en el momento de beber del cáliz, tuvo
el P. Ignacio la revelación de su próximo martirio. Tan fuerte fue la impresión
recibida que con los dientes produjo en el borde del cáliz una suave mella.
Desde ese momento, la decisión estaba tomada, navegarían en el
"Santiago" desde Tazacorte, a pesar de los
consejos en contra; y como muestra de agradecimiento o para prevenir cualquier
profanación, entregó a don Melchor las reliquias que le entregara en Roma el
Papa San Pío V.
El galeón "Santiago", en la madrugada del 14 e julio, se hizo a la
mar, rumbo a Santa Cruz de la Palma, por la parte sur de la isla. El mar, por
este lado de poniente, se hallaba ese día en calma. Esta circunstancia obligó
al galeón a avanzar costeando la isla para aprovechar mejor la ligera bri¬sa que le llegaba de tierra.
Mientras tanto, Jacques Sorés seguía al acecho de su
posible presa. Al amanecer del día 15 de julio el galeón "Santiago"
se alejaba de Tazacorte hacia el sur. Fue entonces
cuando el corsario francés, aprovechado los vientos favorables que le venían
del mar, por la parte del naciente, trató de interceptarlo con su navío de
guerra "Le Prince", haciéndole unos disparos de intimidación.
Lograda la aproximación de los dos barcos, los hugonotes franceses hacen tres
intentonas de abordaje que fueron repelidas por la tripulación portuguesa.
Mientras tanto se habían ido acercando al galeón "Santiago" los otros
cuatro navíos del pirata francés.
Cuando Sorés juzgó llegado el momento, dio la orden
de abordaje. Numerosos grupos de hombres, saltando precipitadamente de los
cinco navíos franceses, se lanzaron impetuosamente sobre el galeón portugués.
En en¬cuentro resultó feroz y sangriento. Los
tripulantes lusitanos defendían cada palmo del barco con bravura y coraje. Ante
la superioridad numérica de los atacantes, los lusitanos iban sucumbiendo
heroicamente.
El Padre Ignacio de Azevedo iba de una parte a otra alentando a sus
compatriotas a dar su vida por la fe. Herido en la cabeza por la espada de un
capitán calvinista continuó exhortando a los suyos a perdonar a sus enemigos, mientras
abrazaba con fuerza el pequeño cuadro de Nuestra Señora que le había entregado
el Papa Pío V. Herido su cuerpo de muerte por tres golpes de lanza, cayó al
suelo sin vida.
Como la situación se hacía ya insostenible por momentos, la tripulación portuguesa
optó por rendirse. Hecho el recuento de los tripulantes y pasajeros quedaron
los misioneros jesuitas como único blanco de los ataques de los hugonotes.
Cayeron sobre sus mansas víctimas con ferocidad inigualable apuñalando a unos,
acribillando a disparos de arcabuz a otros. Luego se dedicaron a arrojar por la
borda los cuerpos moribundos de sus víctimas. Y desde lo alto del galeón
"Santiago" se deleitaban en la contemplación de sus inocentes
víctimas, hasta verlas hundirse en el mar.
De los mártires, ocho eran españoles y el resto portugueses.
Los calvinistas profanaron las reliquias y objetos religiosos que llevaban los
misioneros. Sólo algunas pudieron ser recogidas por un marinero francés. Cuenta
la tradición que, pasada la terrible tempestad del martirio, se veía flotar
sobre las aguas al P. Ignacio de Azevedo abrazado al cuadro de Nuestra Señora.
Sólo se salvó del martirio el hermano cocinero Joao Sánchez, al que el pirata
quiso conservar para aprovecharse de sus servicios. En su lugar murió un joven,
que era sobrino del capitán del galeón "Santiago", el cual al ver el
heroísmo de aquellos religiosos se vistió con la sotana de uno de ellos y se
presentó ante los verdugos diciendo que también él era católico.
Después del martirio de los misioneros jesuitas, Jacques de Sorés,
se dirigió a La Gomera en son de paz. El Conde de la Gomera, don Diego de Ayala
y Rojas, logró que el pirata le entregase los 28 miembros de la tripulación y
pasajeros lusitanos que había hecho prisioneros.
Una vez llegados estos hombres a la isla de Madeira relataron minuciosamente al
jesuita P. Pedro Días lo ocurrido a bordo de la nave "Santiago".
El mismo día del martirio, a muchos kilómetros de distancia, en una visión, vio
Santa Teresa de Jesús subir al cielo a los cuarenta mártires muy gloriosos, y
adornados con coronas y hermosísimas aureolas y conoció en aquella celestial
procesión al H. Francisco Péres Godoy su pariente
cercano, quedando así consolada.
En 1632 el Cabildo de La Palma pidió al Santo Padre que fueran Beatificados y
nombrados patronos de la Isla. Después de esta fecha, una y otra vez, volvió a
elevarse a la Santa Sede el mismo deseo y petición.
El Papa Benedicto XIV, en septiembre de 1742, reconoció que eran auténticos
mártires por la fe; y Pío IX, en 1862, los beatificó.
El cáliz que mordió el P. Ignacio de Azevedo, según una tradición constante y
sin oposición, se conservó en la iglesia de San Miguel de Tazacorte,
junto a otras reliquias.
En Mayo de 1745 visitó la iglesia de San Miguel el Obispo de la Diócesis, don
Juan Francisco Guilén, y tomó el cáliz para regalarlo
a los jesuitas del Colegio de Las Palmas de Gran Canaria, como reconocimiento a
la ayuda prestada por el jesuita P. Valero en la visita a la diócesis. Después
de muchas vicisitudes en diversos lugares de la península, se encuentra -de
nuevo- actualmente en el Colegio de Las Palmas de Gran Canarias.
Los mártires suelen llevar la denominación del lugar donde triunfaron en la fe
y desde donde volaron al cielo; por eso, con toda razón se han de llamar
"Mártires de Tazacorte" y no "Mártires
del Brasil", como algunos autores les denominan. Ellos son patrimonio
espiritual de la isla de La Palma y una de sus glorias. La isla de la Palma les
acogió en la tempestad y les acompañó, como testigo, en su ascensión a la
gloria de Dios.
Fuente
de la adenda: RESEÑA BIBLIOGRÁFICA DE LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE (PADRE
IGNACIO AZEVEDO Y COMPAÑEROS)